Muchos son los pensadores que se han interesado por el arte y su significado:
PLATON: tambien decimos que hay algo bello en si y bueno en si y llamamos a cada una aquello que es.
MATEO CALLE VERA: puesto que lo bello sea animal o cualquier otra cosa compuesta de algunas no solamente debe tener ordenadas sus partes sino además conmagnitud determinada y no al caso por que la belleza consiste en magnitud y orden como cuerpos y animales, sin duda, necesaria una magnitud, más visible todo ella de ve, de parecida manerea tramas y argumentos deben tener una magnitud tal que resulte facilmente retenible por la memoria.
BUENAVENTURA DE FIDANZA:considerada la proporcionalidad en su concepto de forma, se llama hermosuray el deleite no existen sin cierta proporción y esta primariamente consiste en el número.
DIDEROT:hay dos maneras delo bello fuera de uno: es todo aquello que contiene en si mismo el poder de evocar en el entendimiento la ideade relaciones.Aquí se ve claramente el concepto de orden- lo bello en relación con uno: todo aquello que provoca la idea anterior.Tiene dos maneras. lo bello real,y lo bello percibido.No existe lo bello absoluto.No es un asunto sentimental: "La interdeminacion de esas relaciones, la facilidad de capturarlas y elplacer que acompaña asu percepcion, son los que crean la ilusión de que lo bello era mas un asunto sentimental que racional
Bienvenidos EPOrianos y comunidad externa a nuestro blog aqui podras encontrar cosas referentes al arte y al belleza interna y externa;tipos del arte, museos famosos, recomendaciones artisticas, en resumen todo lo referente al arte y las discusiones de lo bello y la vida
28 sept 2010
27 sept 2010
El Seminrista de los ojos negros
EL SEMINARISTA DE LOS OJOS NEGROS
Desde la ventana de un casucho viejo
abierto en verano, cerrado en invierno
por vidrios verdosos y plomos espesos
una salmantina de rubios cabellos
y ojos que parecen pedazos de cielo,
mientras la costura mezcla con el rezo,
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.
Baja la cabeza, sin erguir el cuerpo,
marchan en dos filas pausados y austeros,
sin más nota alegre sobre el traje negro
que la beca roja que ciñe su cuello
y que por la espalda casi roza el suelo.
Un seminarista, entre todos ellos,
marcha siempre erguido, con aire resuelto.
La negra sotana dibuja su cuerpo
gallardo y airoso, flexible y esbelto.
El, sólo a hurtadillas y con el recelo
de que sus miradas observen los clérigos,
desde que en la calle vislumbra a lo lejos
a la salmantina de rubio cabello
la mira muy fijo, con mirar intenso.
Y siempre que pasa le deja el recuerdo
de aquella mirada de sus ojos negros...
Monótono y tardo va pasando el tiempo
y muere el estío y el otoño luego,
y vienen las tardes plomizas de invierno.
Desde la ventana del casucho viejo
siempre sola y triste; rezando y cosiendo
una salmantina de rubio cabello
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.
Pero no ve a todos: ve solo a uno de ellos,
su seminarista de los ojos negros;
cada vez que pasa gallardo y esbelto,
observa la niña que pide aquel cuerpo,
en vez de una sotana, marciales arreos.
Cuando en ella fija sus ojos abiertos
con vivas y audaces miradas de fuego,
parece decirla: “¡ Te quiero !, ¡ Te quiero !,
¡ Yo no he de ser cura, yo no puedo serlo !
¡ Si yo no soy tuyo, me muero, me muero !
A la niña entonces se le oprime el pecho,
la labor suspende y olvida los rezos,
y ya sólo vive en su pensamiento
el seminarista de los ojos negros.
En una lluviosa mañana de invierno
la niña que alegre saltaba del lecho,
oyó tristes cánticos y fúnebres rezos;
por la angosta calle pasaba un entierro.
Un seminarista sin duda era el muerto;
pues, cuatro, llevaban en hombros el féretro,
con la beca roja por cima cubierto,
y sobre la beca, el bonete negro.
Con sus voces roncas cantaban los clérigos,
los seminaristas iban en silencio
siempre en dos filas hacia el cementerio,
como por las tardes al ir de paseo.
La niña angustiada miraba el cortejo
los conoce a todos a fuerza de verlos...
Sólo, sólo faltaba entre ellos...
¡ El seminarista de los ojos negros !
Corrieron los años, pasó mucho tiempo...
Y allá en la ventana del casucho viejo,
una pobre anciana de blancos cabellos,
con la tez rugosa y encorvado el cuerpo,
mientras la costura mezcla con el rezo,
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.
La labor suspende, los mira, y al verlos
sus ojos azules ya tristes y muertos
vierten silenciosas lágrimas de hielo.
Sola, vieja y triste, aún guarda el recuerdo
del seminarista de los ojos negros...
Desde la ventana de un casucho viejo
abierto en verano, cerrado en invierno
por vidrios verdosos y plomos espesos
una salmantina de rubios cabellos
y ojos que parecen pedazos de cielo,
mientras la costura mezcla con el rezo,
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.
Baja la cabeza, sin erguir el cuerpo,
marchan en dos filas pausados y austeros,
sin más nota alegre sobre el traje negro
que la beca roja que ciñe su cuello
y que por la espalda casi roza el suelo.
Un seminarista, entre todos ellos,
marcha siempre erguido, con aire resuelto.
La negra sotana dibuja su cuerpo
gallardo y airoso, flexible y esbelto.
El, sólo a hurtadillas y con el recelo
de que sus miradas observen los clérigos,
desde que en la calle vislumbra a lo lejos
a la salmantina de rubio cabello
la mira muy fijo, con mirar intenso.
Y siempre que pasa le deja el recuerdo
de aquella mirada de sus ojos negros...
Monótono y tardo va pasando el tiempo
y muere el estío y el otoño luego,
y vienen las tardes plomizas de invierno.
Desde la ventana del casucho viejo
siempre sola y triste; rezando y cosiendo
una salmantina de rubio cabello
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.
Pero no ve a todos: ve solo a uno de ellos,
su seminarista de los ojos negros;
cada vez que pasa gallardo y esbelto,
observa la niña que pide aquel cuerpo,
en vez de una sotana, marciales arreos.
Cuando en ella fija sus ojos abiertos
con vivas y audaces miradas de fuego,
parece decirla: “¡ Te quiero !, ¡ Te quiero !,
¡ Yo no he de ser cura, yo no puedo serlo !
¡ Si yo no soy tuyo, me muero, me muero !
A la niña entonces se le oprime el pecho,
la labor suspende y olvida los rezos,
y ya sólo vive en su pensamiento
el seminarista de los ojos negros.
En una lluviosa mañana de invierno
la niña que alegre saltaba del lecho,
oyó tristes cánticos y fúnebres rezos;
por la angosta calle pasaba un entierro.
Un seminarista sin duda era el muerto;
pues, cuatro, llevaban en hombros el féretro,
con la beca roja por cima cubierto,
y sobre la beca, el bonete negro.
Con sus voces roncas cantaban los clérigos,
los seminaristas iban en silencio
siempre en dos filas hacia el cementerio,
como por las tardes al ir de paseo.
La niña angustiada miraba el cortejo
los conoce a todos a fuerza de verlos...
Sólo, sólo faltaba entre ellos...
¡ El seminarista de los ojos negros !
Corrieron los años, pasó mucho tiempo...
Y allá en la ventana del casucho viejo,
una pobre anciana de blancos cabellos,
con la tez rugosa y encorvado el cuerpo,
mientras la costura mezcla con el rezo,
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.
La labor suspende, los mira, y al verlos
sus ojos azules ya tristes y muertos
vierten silenciosas lágrimas de hielo.
Sola, vieja y triste, aún guarda el recuerdo
del seminarista de los ojos negros...
Miguel RAMOS CARRIÓN
eh puesto mi poema favorito con un razon en particuar ya q muestra un poco del romatisimo, este poema relata el sufrimiento de un seminaista q muere de amor ya q por su vocasion no puede entregale todo el amor q sentia asia esa pobre niña
F. de Anda Luz del Carmen
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